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One of my duties at the tender age of 8 was to walk down to the tortilleria (tortilla factory) and buy half a kilo of tortillas to accompany our dinner that week.

With my pocket full of loose pesos and my pristine white embroidered edge tortillero (tortilla holder) in hand, I patiently stood in line to place my order. The Buick-size tortilla maker screeched and pounded metal as it uniformly slid perfectly smooth masa circles across a conveyor belt and into the wide mouth of the oven spitting out massive flames.

The noise made it impossible to place my order without screaming at the braided woman behind counter. Trying not to be rude, I reluctantly shouted “medio kilo!” She nodded, tore off a large piece of butcher paper and walked back to the metal tortilla-making-monster.

The temperature in that factory was about 115 degrees but the aroma of the warm masa made the heat completely forgettable.

Wanting to see how the braided woman encountered the “metal tortilla monster” and gathered, stacked and wrapped my freshly made tortillas, I climbed on a pile of large Maseca sacks stacked next to the counter.

Over the sacks hung a salt shaker tied with a long piece of twine from the ceiling. I climbed down, wondered and stared at the salt shaker as the braided woman walked back to the counter. 

She smiled, grabbed a warm tortilla from a leftover pile on the counter, reached for the salt shaker and roughly sprinkled the tortilla with salt. She rolled the tortilla between the palms of her hand and handed it to me for my walk home.

I have many fond memories of Maseca throughout my life. This story is one of my favorites.

And now, I am extremely excited to announce that I am now a Maseca Amiga Bloguera. 

Along with fellow bloggers and Maseca aficionados, we will be sharing more stories, recipes, kitchen tips and great promotions such as “Raspa y Gana.”

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This is a sponsored post between Maseca and Latina bloggers Connect. All opinions are my own.


Otra vez…en español!

Una de mis tareas a la tierna edad de 8 años, fue caminar hasta la tortilleria y comprar medio kilo de tortillas para acompañar las cena de la semana.

Con el bolsillo lleno de pesos sueltos y mi tortillero bordado blanco en la mano, pacientemente tomaba fila para hacer mi compra.  La maquina de tortillas del tamaño de un carro Buick rechinaba y golpeaba el metal, ya que de manera uniforme deslizaba círculos de masa perfectamente a través de una cinta transportadora hacia la boca del horno que escupia llamas enormes.

El ruido hacia imposible de realizar mi pedido sin gritarle a la  mujer con largas trenzas detrás del mostrador. Tratando de no ser grosera, le grite “medio kilo!” Ella asintió con la cabeza, arrancó un pedazo grande de papel de estraza y regresó al  la monstruosidad de metal.

La temperatura en esa fábrica era de 115 grados, pero el aroma de la masa calientita hacia el calor completamente olvidable.

Ganas de ver cómo la mujer trenzada retaba el “monstruo de metal tortillero” me juntaba y envolvía mis tortillas recién hechas, me subí a un montón de grandes costales de Maseca apilados al lado del mostrador.

Sobre los costales, colgaba un salero atado con una pedazo largo de cuerda desde el techo. Me baje de los costales, y curiosamente me le quede viendo al salero.  Al regresar la mujer trenzada con mis tortillas, ella sonrió, tomó una tortilla caliente de una pila de restos en el mostrador, tomó el salero y sazono la tortilla con sal. Enrollo la tortilla entre sus palmas y gentilmente me la dio para disfrutarla durante la caminata a mi casa.

Tengo muchos buenos recuerdos de Maseca en mi vida. Esta historia es una de mis favoritas.

Y ahora, estoy muy emocionada de anunciar que ahora soy un Amiga Bloguera de Maseca. Junto con otras blogueras y aficionadas a Maseca, vamos a compartir más historias, recetas, consejos de cocina y grandes promociones como “Raspa y Gana”.



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Este es un post patrocinado entre Maseca y Latina Bloggers Connect. Todas las opiniones son mías.

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